Bogotá amaneció con el corazón arrugado durante dos días por la desaparición de Diana Ospina, una mujer de 35 años que había sido vista por última vez saliendo de una rumba en Chapinero. Lo que parecía otra noche de fiesta terminó convertido en una pesadilla de casi 40 horas, marcada por un secuestro exprés, un taxi interceptado por delincuentes y una familia esperando noticias con el alma en vilo.
Hoy, por fortuna, Diana está en su casa, rodeada de su gente, y su caso se vuelve la última alerta sobre una modalidad criminal que no da tregua en la ciudad.
La noche que todo cambió
El rastro de Diana se perdió en los alrededores del theatron, donde departió con amigos antes de regresar a casa. Según su círculo cercano, ella hizo lo que tantas personas hacen al terminar una fiesta en Bogotá: tomó un taxi, compartió la placa con un amigo y anunció que llegaría en pocos minutos.
Ese mensaje sería lo último que su familia sabría de ella durante casi dos días.
Horas más tarde, una vecina del edificio avisó que había encontrado un video inquietante: un taxi detenido junto a otro vehículo del que bajan dos hombres, quienes entran rápidamente al carro donde viajaba Diana. Ahí arrancó la angustia. De inmediato se activaron redes sociales, grupos de búsqueda y llamados a la Policía.
El testimonio del amigo que la recibió al volver a casa
En entrevista con Alerta Bogotá, Enrique Arango, uno de sus amigos más cercanos, relató el momento del reencuentro.
Contó que estaban reunidos planificando qué hacer, mientras esperaban pistas de su paradero, cuando una compañera los llamó gritando que la Policía acababa de localizar a Diana y la llevaba hacia su residencia. Él salió corriendo y alcanzó a estar allí cuando ella bajó del vehículo: descalza, agotada, pero viva.
Enrique recordó que el abrazo fue “el más grande del mundo”. Y aunque ella había sido robada, relató que no sufrió violencia física ni agresiones sexuales. Para él y su familia, eso ya era un milagro.
La pesadilla: el secuestro exprés
De acuerdo con lo que Diana alcanzó a contar, tras tomar el taxi inicial fue interceptada por otro vehículo del que descendieron dos hombres que se metieron bruscamente al carro. En ese instante empezó el secuestro exprés.
Le quitaron el celular, los documentos y parte de su dinero. No la llevaron a recorrer cajeros, como ocurre en muchos de estos casos, sino que la trasladaron a una casa donde permaneció retenida sin poder identificar su ubicación. La obligaron a permanecer agachada, sin mirar por ventanas ni hablar de más.
La joven no sabía si estaba en el sur, en el occidente o en las afueras de la ciudad. La desconectaron por completo.
Enrique relató que, por momentos, ella perdió toda noción del tiempo y no tenía forma de saber si la estaban moviendo, si era de día o de noche, ni cuánto más duraría la retención.
La liberación inesperada
Después de casi dos días desaparecida, Diana logró salir a la calle sin saber exactamente dónde estaba. Caminó hasta un CAI y allí se identificó. En cuestión de minutos, ya había sido reconocida porque su caso llevaba horas moviéndose en redes y medios de comunicación.
La Policía contactó a su familia y la trasladó a su hogar, donde finalmente pudieron confirmarle que su integridad estaba intacta y que la ciudad entera seguía su historia.
Una modalidad que no da tregua
El caso de Diana revive una discusión que se repite cada fin de semana en Bogotá: la seguridad de mujeres que salen de rumba y regresan solas a altas horas de la noche.
Aunque Diana tomó precauciones —enviar placa del taxi, avisar a un amigo, acompañar a otra amiga a subir a su vehículo—, la modalidad del secuestro exprés sigue encontrando víctimas al interceptar taxis en plena vía.
Los delincuentes operan rápido, en grupo, y sin necesidad de llevar a la víctima a cajeros: solo basta con sustraer documentos, dispositivos y aprovecharse del desconcierto.
Un final con alivio, pero con muchas preguntas
Hoy, la familia Ospina agradece que Diana esté viva, lúcida y sin heridas. Pero el caso deja interrogantes para la ciudad, para las autoridades y para quienes siguen confiando en que un taxi tomado en la calle es una opción segura.
Mientras avanza la investigación, la historia de Diana recuerda que en Bogotá todavía hay que cuidarse incluso al volver de una fiesta, que la calle no perdona descuidos y que la solidaridad ciudadana —junto con la presión mediática— puede marcar la diferencia entre un caso más de desaparición y un regreso a casa.